viernes, 31 de diciembre de 2010

Duermo mal.

Y por eso sueño cosas raras.
Hoy, por ejemplo, estaba en mi mansión (sí, en mi sueño vivía en una mansión) haciendo un examen de filosofía con el compañero de clase más repelente de la historia cuando, de pronto, llega Johnny Depp borracho diciéndome que lo nuestro era imposible. Yo, impasible, le decía que vale, que había encontrado a otro. Y en ese momento apareció mi amado: Jim Carrey disfrazado de el Grinch en un Cadillac.

En serio, ¿qué me está pasando?

martes, 14 de diciembre de 2010

La librería del cartel amarillo (y II)

Poco a poco fui dejando de ir. La librería ya no me parecía tan acogedora, le faltaba algo. Además, como podía pasarme varios meses sin ir, cada vez que lo hacía me encontraba con un encargado diferente. Después del hombre joven, vinieron dos hippies muy simpáticas. Luego, un hombre bastante castigado por los años (cojeaba del pie derecho) y hoy, un hombre de unos cincuentaytantos.

Sí, hoy he vuelto. Me ha costado bastante encontrarla (debido a mi orientación nula) y he tenido la misma sensación que cuando era pequeña. Las estanterías siguen pareciéndome enormes, y me sigue provocando la misma angustia ver tantos libros y saber que jamás podré ser capaz de leerlos todos. Mientras el encargado busca lo que le he pedido, las montañas de libros me incitan a perderme entre ellos -como siempre-, pero cuando he visto el mostrador, me ha venido a la cabeza su voz. A pesar de todo el tiempo que ha pasado y de que apenas recuerdo su cara (sé que llevaba gafas de pasta negra), no he olvidado su voz. Me he mareado y he sentido la necesidad de huir de aquel lugar. Demasiados recuerdos en muy poco tiempo, quizás.

He comprado el libro y me he marchado. He salido a la calle, y me he puesto a pensar en lo que acababa de ocurrir. Hacía muchísimo tiempo que no pensaba en el librero, en mi librero (del que, por cierto, no sé ni su nombre), y creo que ése ha sido el motivo de mi crisis de ansiedad momentánea.

Si algo me han enseñado mis meses fuera de Mallorca es que si duele, quiere decir que existió. Por eso no debemos evitar el dolor, ya que si lo hacemos, caerá en el olvido. Casualidades de la vida, en el momento en el que me he dado cuenta de mi error ha empezado a sonar That Ain't The Way To Behave, de Dr. Feelgood. Por si no fuera sugerente el título, ese grupo me lo recomendó el librero. Mi librero.

La librería del cartel amarillo (I)

Tenía 13 años recién cumplidos la primera vez que me atreví a entrar sola en aquella librería. Por supuesto, ya la conocía. Era la librería del barrio a la que siempre me llevaba mi madre. Me encantaba recorrer toda la zona de lectura infantil, tan llena de colores y formas. Recuerdo que incluso a veces me escapaba a la zona juvenil e intentaba adivinar dónde estaba el final de esas interminables estanterías. Me gustaba el ambiente acogedor de aquel sitio. He de reconocer que no iba mucho, pues me angustiaba ver tantas estanterías llenas de tantos libros que no podría leer. Además, me suponía un gran esfuerzo el hecho de ir, porque siempre acababa perdida por las calles de mi propio barrio. Pero todo eso cambiaría el invierno de mis 14, cuando apenas faltaban cuatro meses para mis 15.
Recuerdo que le conocí la mañana de un sábado de febrero. De hecho, me acuerdo perfectamente de los 4 libros que compré aquella vez (Laura contra el tiempo, ¿Y ahora qué?, El escritor asesino y El vecino prohibido) y del comentario que hizo mientras me devolvía el cambio y completaba mi tarjeta de fidelidad:
-¿Y ahora qué? Vaya, este mismo libro me lo hicieron leer a mí cuando iba al colegio.
-Qué curioso.

No nos dijimos nada más, pero esa frase me bastó para enamorarme de su voz. Y a partir de entonces, fui cada semana con alguna excusa. Búscame tal libro, por favor. ¿No lo tenéis? ¡Vaya, qué lástima! ¿Podrías encargarlo y me paso otro día? Muchas gracias, nos vemos el sábado. Y un larguísimo etcétera. Me encantaba el librero porque transmitía la misma sensación que aquella librería. Era un hombre tranquilo, con una voz suave y un tono cálido. Y estoy segura de que, al igual que todos los libros que albergaban las estanterías, ese hombre tenía mil historias para contar. En una de nuestras conversaciones -en las que, debo añadir, siempre estábamos separados por el mostrador-, me recomendó que viera películas tales como American Beauty (¿sería una indirecta?) y me aconsejaba sobre lecturas vitales, como Sueño de una noche de verano. Hablábamos también de música (campo en el que me defendía y demostraba madurez gracias a la educación musical que me había dado mi padre) y compartíamos opiniones. Incluso alguna vez me dijo que si no podía esperar a que llegara el libro que había encargado, fuera a los grandes almacenes, que ahí seguro que lo tenían. Me dijo que eso no lo aconsejaba nunca, pero que en una clienta como yo, se lo podía permitir, jaja. Pero no lo hice; esperé a que me lo diera él.

Pero nunca me lo dio. Cuando fui a buscarlo, el libro estaba en la estantería de pedidos y tenía un post-it con mi nombre, pero él no. En su lugar, había un hombre joven, más alto, con barba, las manos grandes y la voz más grave y pausada que he oído jamás. Me dio el libro y me fui.

Nunca más volví a saber nada de él.