Recuerdo que le conocí la mañana de un sábado de febrero. De hecho, me acuerdo perfectamente de los 4 libros que compré aquella vez (Laura contra el tiempo, ¿Y ahora qué?, El escritor asesino y El vecino prohibido) y del comentario que hizo mientras me devolvía el cambio y completaba mi tarjeta de fidelidad:
-¿Y ahora qué? Vaya, este mismo libro me lo hicieron leer a mí cuando iba al colegio.
-Qué curioso.
No nos dijimos nada más, pero esa frase me bastó para enamorarme de su voz. Y a partir de entonces, fui cada semana con alguna excusa. Búscame tal libro, por favor. ¿No lo tenéis? ¡Vaya, qué lástima! ¿Podrías encargarlo y me paso otro día? Muchas gracias, nos vemos el sábado. Y un larguísimo etcétera. Me encantaba el librero porque transmitía la misma sensación que aquella librería. Era un hombre tranquilo, con una voz suave y un tono cálido. Y estoy segura de que, al igual que todos los libros que albergaban las estanterías, ese hombre tenía mil historias para contar. En una de nuestras conversaciones -en las que, debo añadir, siempre estábamos separados por el mostrador-, me recomendó que viera películas tales como American Beauty (¿sería una indirecta?) y me aconsejaba sobre lecturas vitales, como Sueño de una noche de verano. Hablábamos también de música (campo en el que me defendía y demostraba madurez gracias a la educación musical que me había dado mi padre) y compartíamos opiniones. Incluso alguna vez me dijo que si no podía esperar a que llegara el libro que había encargado, fuera a los grandes almacenes, que ahí seguro que lo tenían. Me dijo que eso no lo aconsejaba nunca, pero que en una clienta como yo, se lo podía permitir, jaja. Pero no lo hice; esperé a que me lo diera él.
Pero nunca me lo dio. Cuando fui a buscarlo, el libro estaba en la estantería de pedidos y tenía un post-it con mi nombre, pero él no. En su lugar, había un hombre joven, más alto, con barba, las manos grandes y la voz más grave y pausada que he oído jamás. Me dio el libro y me fui.
Nunca más volví a saber nada de él.
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